Por: Manuel E. Solórzano Calderón
ccccMaracay, Venezuela
Esta historia es verídica, y se las narraré tal cual me la contó un viejo amigo.
Era un domingo de abril y, muy por la mañana, el sol empezó a calentar los techos de zinc de las casas del pueblo; uno de esos caseríos anónimos que abundan en cualquier región de nuestro país: sería un día caluroso. De una de estas casas se oyó de repente un grito lleno de angustia y dolor: se había muerto José.
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| Gallo negro, propiedad de los hermanos Camejo, Maracay, Venezuela. (foto: MUB) |
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Los vecinos corrieron a enterarse de lo que había pasado en la casa de la familia Escobar, pues desde allí era de donde salían aquellas exclamaciones. El primero en llegar fue don Primitivo Fuentes, quien vivía al lado, y sin perder un momento empujó la puerta de la vivienda, encontrando a su comadre, doña Luisa, arrodillada ante el chinchorro de José, su compadre del alma, quien yacía rígido, signo inequívoco de la muerte.
Luisa, al ver a su compadre, le dijo que ella no había sentido nada, ya que su marido dormía en la sala y, cuando ella se levantó, le extrañó verlo con los ojos abiertos y mirando fijo el techo; entonces lo tocó y, al sentirlo frío, supo lo que había pasado. Llena de dolor, le pidió a Primitivo que fuera a avisarle a su cuñado, Ruperto Fuentes. Primitivo salió a cumplir el encargo y fue donde vivía el hermano del difunto, quien se desempeñaba en el pueblo como electricista y gallero a tiempo completo.
Cuando le dieron la noticia, Ruperto contrajo su rostro, con gesto de dolor, diciendo que era una pena, pues ese mismo domingo él y su hermano llevarían a la gallera al gallino negro en la jugada del club “La Principal”. Enseguida se cambió de ropa y salió vestido con su traje dominguero. Cuando llegó, a su hermano lo habían acostado en la cama que compartía con su mujer, con sendas velas prendidas y fijadas en el piso de cemento, alumbrando a intervalos el cuerpo del difunto. Le rezó un Padre Nuestro y un Ave María y salió en busca de su cuñada, a quien encontró en la cocina preparando café. La abrazó con dolor y ella dijo que no tenía dinero para comprar la urna ni para abrir la fosa en el cementerio.
Ruperto respondió que no se preocupara, que él arreglaría todo. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón y palpó los pocos billetes que tenía, con los que jugaría a su gallo. Pensó que con unos diez mil bolívares le daría un entierro decente a su hermano y, decidido, fue a si casa a lavar y preparar su gallo.
Llegó a la gallera temprano, hizo pesar y anotar al gallo. Sus amigos se acercaron para darle el pésame. Casó el gallo y esperando que saliera el sorteo, y comenzó a jugar en aquellos gallos que su intuición y experiencia le sugerían que ganaban, y –con mucha suerte– ganó varias peleas.
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| Gallo gallina, propiedad del Sr. Hugo Platas, Oaxaca, México. (foto: Taurino López) |
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A media tarde salió la pelea del gallino negro: le había tocado un zambo cola blanca, de un ganadero del pueblo, que, alardoso, empezó a dar doces. Ruperto le cogió unos cuantos (que era la suma de lo que se había ganado en las anteriores peleas).
Cuando levantaron la jaula, su corazón latía fuertemente, y un sudor frío le corría por todo el cuerpo. El gallo zambo era bueno de verdad, picador y veloz, pero el gallino negro era certero con las espuelas; el que picaba quedaba ganando, era un toma y dame.
El público gritaba a más no poder y coreaban cada picada de los gallos; Ruperto, fuera de sí, animaba a su gallo gritándole: “¡Pícalo como lo hacía tu padre, que no dejó gallo vivo!, ¡vamos!, tú eres hijo de la gallina pico de oro, adelante como un valiente”. Y cuando recibía su gallo una picada del contrario decía: “¡Nada, empújalo y mátalo!”
Los gallos peleaban con denuedo, muy heridos. El zambo tenía un ojo menos y, sin embargo, seguía peleando duro y agresivo; la sangre corría por sus cuerpos y les teñía de rojo las patas y las espuelas. El gallino sangraba por un oído profusamente y seguía el toma y dame; aumentaba el griterío, corrían las apuestas de uno a otro, unos por el gallino y otros por el zambo. La pasión, al rojo vivo.
De pronto, el gallino cogió una picada al costado y el zambo cayó por la muerte fulminado. Ruperto se tiró a la arena, gritando y zapateando como un loco, y el público lo aplaudía frenéticamente, pues sabían lo que él se jugaba en esa pelea.
Contó el dinero y vio que tenía lo suficiente para darle a su hermano un entierro decente y, agarrando su gallo, se marchó a su casa con el corazón lleno de agradecimiento a Dios Todopoderoso, acariciando con ternura a su gallo, al que el pueblo bautizó de allí en adelante como el gallino negro, pues le dio cristiana sepultura a un hombre.
Poco tiempo después corrió por el pueblo un verso que decía:
“El cuerpo del gallo zambo
que también era muy bueno,
en ancas del rucio moro
que fue su fiel compañero,
se lo llevaron para el fundo
a inaugurar un cementerio,
porque gallos de esa clase,
que no salen de todo huevo,
no le pican los zamuros
ni se lo comen los perros.”
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