La vision del juez

Peleas Apretadas VIII, parte II


 
     
 

PorLic. Marco Antonio Suárez Martínez

Agradezco nuevamente el amplio interés que el artículo anterior despertó en los lectores de Pie de Cría, quienes –mediante sus atentos correos– han reflejado su preferencia por el soltador del partido verde. Sin embargo, desde la visión del juez, tal vez las cosas se observen desde un ángulo diferente.

En esa pelea, el descuido del soltador de color rojo es evidente: prefiere ampliar sus relaciones sociales en momentos no idóneos y se confía debido a que su gallo estaba en mucho mejores condiciones que el rival. Así, al recibir la orden del juez de tomar los ejemplares, llegó tardíamente para el correcto acatamiento de la orden y eso provocó que su gallo atacará en forma natural a su rival. Este descuido incitó al soltador del partido verde a reaccionar en forma extraña, lo cual, por fortuna, resulta poco común entre los soltadores (pues, por lo general, al encontrarse en esas circunstancias, toman a su gallo y lo alejan rápidamente del alcance de su rival o, por la cercanía de su contrincante, lo dejan libre).


En la ocasión que aquí nos ocupa, el juez ordenó a su homólogo que iniciara el conteo de los 15 segundos, aprovechando ese momento para informar al público presente que ambos soltadores estaban amonestados; uno, por no acatar en tiempo y forma su ordenamiento, pudiendo provocando un accidente con su tardía reacción; y al otro, por actuar en forma alevosa, desacatando también su ordenamiento: tomar los gallos sin continuar la pelea, cualquiera que fuera la situación.


Aunque el público estaba desconcertado por el extraño actuar de todas las partes que se encontraban en el vallín, el soltador del gallo retinto continuó con su efusivo reclamo; el juez de valla invitó a los contendientes a presentar a sus ejemplares en las rayas del centro, pero sólo cumplió la instrucción el soltador del partido verde, acomodando a su gallo Josco; mientras que el del partido rojo sostenía a su gallo en las manos. Éste último, a pesar de estar mal herido, aún se encontraba en mejor estado que el de su adversario.

Entonces, el juez de asiento marcó “Tiempo” y, de inmediato, el juez de valla emitió la orden de “¡Libren!”, que sólo obedeció el soltador del partido verde, quien liberó a su gallo en malas condiciones, pero estable para soportar al menos parte de esa prueba. Inició el conteo: 1… 2… y, de acuerdo con las condiciones existentes, el juez de valla sancionó la pelea a favor de este último. De inmediato, el juez de asiento ratificó el fallo al público: el triunfo era para el gallo del partido verde, pues el soltador del partido rojo no había acatado el ordenamiento correspondiente, por lo que la pelea se sancionó en su contra por rebeldía.

Las amonestaciones son procedentes en este caso, debido a que ambos soltadores incurrieron en desacato y, de no señalarse por parte del juez en tiempo y forma, la situación podría catalogarse como un acto consentido, afectando los ordenamientos en futuras contiendas.

A veces los soltadores no acatan los ordenamientos en tiempo y forma, y el hecho de que existan acatamientos disparares y reacciones extrañas como la antes descrita puede llevar a resultados como estos… pero así son las peleas de gallos: impredecibles, pero apasionantes.

Hablemos un poco de... los galleros protagónicos
A veces nos tropezamos con galleros muy especiales, que –desde su llegada al palenque– se dan a notar de inmediato: por lo general, llegan tarde, inspeccionando el palenque de arriba abajo, buscando el mejor lugar para descansar a sus gallos, el cual (si existe), nunca les es suficiente; resulta imposible satisfacer sus exigencias, no porque el empresario no lo quiera, sino por las limitantes propias de las instalaciones.

En la ceremonia de pesaje, este individuo presiona para que el proceso inicie en el momento en que él quiere y entonces aprovecha el momento para hacer del conocimiento de todos los que quieran escuchar acerca de “su basta experiencia y conocimiento gallístico”, alardeando de haber participado en majestuosos palenques de alta tradición a lo largo y ancho de la República Mexicana, y de conocer a las personalidades más destacadas del medio. Por supuesto, intenta imponer la báscula que mejor convenga a sus fines, ya sea electrónica o mecánica; y la tolerancia de peso dependerá del estado en que se encuentren sus ejemplares, tratando siempre de influir en los demás para que lo secunden.

Como ya lo he explicado antes, los anillos metálicos no serán de su agrado porque hay otros más seguros, ésos que ha usado en otros torneos “de alto nivel” donde ha participado; buscará que el anillado de sus aves se realice más rápido de lo acostumbrado y estará siempre atento y presionando a quien lo esté registrando y anillando, con el fin de que su gallo no sea “lastimado” con la pinza.

Cuando el juez dé las últimas condiciones del juego, le parecerá aburrido y querrá intervenir, pretendiendo cambiar las reglas y, durante el sorteo, buscará cualquier pretexto para entrometerse. Al medir las navajas, buscará ventaja y no permitirá que su adversario esté arriba, a pesar de encontrarse dentro de la tolerancia permitida; intentará que las navajas sean exactamente iguales y protestará por la botana y la mona (pero no sacará la suya) e incluso se atreverá a pedir la de su adversario. Por lo regular, calificará de “exagerada” la limpieza de su gallo, pero no pensará así para el de su rival.

En la primera de abrir, buscará engañar a su rival, deteniéndose al inicio o tratando de sorprenderlo al soltarlo de lado o de modo tardío; durante la contienda, estará muy cerca de su gallo, con los brazos abiertos, impidiendo la visión tanto de su adversario, como del juez y público presente, lo que sólo retrasará el desarrollo del combate. Siempre buscará cualquier momento para intervenir o levantarse, demostrando su nervioso proceder, y si los gallos se atoran, querrá ser el primero en llegar, pero impedirá que su adversario intervenga.

En las rayas se convierte en una verdadera pesadilla, porque sus constantes protestas e intervenciones retardan más todo el proceso: “¡que me suelte en las rayas!”, a pesar de estar perfectamente sobre de ellas; “¡que suelte al mismo tiempo que mi gallo!”, “Señor juez, ¡ese tiempo!”, y demás argumentos buscando, con el fin de soltar a su gusto, exigiendo del otro lo que él mismo no está dispuesto a ofrecer.

Por ende, es presa de diversas observaciones por parte del juez de valla –e incluso del de asiento– y busca violentar a los espectadores, buscando que ellos perciban las cosas como a él le conviene, todo ello con un conocimiento incompleto sobre la materia. Su actitud hace que el público dude, que los jueces se comporten de manera más estricta y, con base en sus conocimientos del reglamento y su experiencia, impidan cualquier reclamo fuera de lugar. De este modo, al final, estos individuos son tomados como personas poco serias, no gratas para la fiesta gallística.

Los soltadores experimentados no actúan así ni caen en provocaciones, porque he observado que cuanto mayor es su experiencia y profesionalismo en el medio, menos discuten, pues aprovechan el tiempo para acatar, acomodar y presentar a sus ejemplares, buscando siempre la oportunidad idónea para lograr el triunfo, plenamente convencidos de que las peleas se ganan en las rayas. Ellos han adquirido sus habilidades a través de muchos años en los vallines y saben que las peleas no se ganan a base de gritos y sombrerazos, pues ello sólo consigue restarle seriedad a su valioso prestigio.

Mitos y netas gallísticas: la loción
Algunos galleros buscan cualquier pretexto para justificar los resultados de su partido, al grado de adjudicar esa responsabilidad incluso a la loción que esa tarde llevaba puesta el juez, asegurando que ese fue el motivo principal por el cual sus aves de combate no respondieron como lo esperaba. Sin embargo, este argumento es endeble, porque: ¿qué ocurrió entonces con sus contendientes? ¿acaso a ellos les benefició ese aroma?; es decir, ¿la loción sólo afectó a su gallo? ¡Qué extraño! La neta es que cuando no nos salen las cosas como pretendemos, le echamos la culpa a todo; cuando lo que ocurre es que, quizás, la derrota se deba sólo a que los gallos con los que se enfrentaron esa tarde fueron ligeramente superiores.

Peleas apretadas IX, primera parte
Esto sucedió recientemente en el Estado de México, en la tercera ronda de un importante torneo interdelegacional, con gallos de 2.3 Kg. Se presentaron dos contendientes, sorteados y con un récord de 4 puntos. Las apuestas estaban parejas.

El partido de color rojo presentó un gallo alimonado patas amarillas, mientras que el verde, un retinto, patas chorreadas. Como había zona de amarre, hubo poco tiempo para la presentación, así que entre el bullicio del público –que pedía talones para ambas partes–, los soltadores moneaban. Entonces se limpiaron gallos y armas, y finalmente salieron los corredores.

Cerraron las puertas del vallín y se dio el tiempo en el asiento para iniciar la primera de abrir. Probaron a sus ejemplares, se abrieron y soltaron parejos; ambos gallos se mantuvieron parados en sus rayas externas y el juez ordenó que tomaran a sus ejemplares de nuevo y soltaran frente a las rayas. Así, nuevamente, se
mantuvieron en su posición y, por tercera ocasión, chillaron y soltaron a sus gallos, esta vez en corto. Los gallos respondieron mordiéndose y dejando ver la casta en sus poderosos petatillos, que levantaron el ánimo de los presentes.

Después de dos embates, ambos contendientes se incorporaron y, frente a frente con las golillas extendidas, se dispararon un par de ocasiones. Entonces, de manera sorpresiva, el gallo alimonado salió corriendo, seguido por su contendiente, que presentaba una seria hemorragia en el costado derecho. El soltador de este último, intentó tomar a su gallo, pero falló. El gallo del distintivo rojo se volteó para continuar la contienda, dando un par de saltos fallidos. Al acercarse y morderse de nuevo, no hubo tregua para ninguno, porque arremetieron de manera espectacular, disparándose con todo lo que traían y quedando ambos en mal estado.
Se inició el conteo de los 30 segundos. El gallo retinto dio fondo, por lo que el soltador del partido verde pidió levantarse por gane, lo cual le fue concedido. Entonces se inició la cuenta de los 15 segundos y ambos soltadores presentaron a sus gallos en las rayas del centro; el del partido verde, echado sobre sus patas y en mal estado; mientras el otro soltador acomodaba al contrincante de igual manera.

A la voz del juez de asiento de “Tiempo”, su homólogo dio la orden de “¡Libren!” Ambas partes acataron la orden y, de inmediato, el gallo alimonado se incorporó y salió de las rayas del centro torpemente, pero con claras muestras de estar huido. La cuenta se inició… 1… 2. El soltador del gallo retinto extendió la mano para solicitar al juez “levantarse por gane”, lo cual se le concedió de inmediato. El juez pidió a su homólogo de asiento que iniciara el tiempo de los 15 segundos. El soltador del partido verde pidió “prueba de gallo huido”, mientras que el soltador del gallo alimonado solicitó “prueba de gallo muerto”; ambas fueron calificadas como procedentes, por lo que se dio paso a la primera solicitud.

Al pedirle al soltador que le pusiera la cubierta al gallo presuntamente huido, éste se convulsionó en las manos de su soltador y, tras una bocanada de sangre, colgó su cuello en los brazos del soltador, que no pudo comprobar el estado anímico de su ejemplar. El juez continuó con la segunda prueba solicitada y, al llegar hasta el gallo retinto que se encontraba en las rayas del centro, éste ya no respiraba ni reacciono a las pruebas. Entonces, se determinó que ese gallo estaba muerto. De inmediato, el soltador de este último protestó la pelea como ganada, invocando el primer criterio gallístico que reza: “gallo muerto le gana a gallo huido”.
Como siempre, amigo gallero, mi pregunta es ¿qué haría usted en este caso? Espero sus comentarios: marcusuarez@yahoo.com.mx.

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